“Soy empresario de... y además promotor inmobiliario». Era la respuesta más habitual en los últimos tiempos, cuando el responsable de banca privada le preguntaba a un nuevo cliente a qué se dedicaba. La anécdota es real y repetida. Me la contó hace poco el máximo responsable de una de las entidades líderes en banca privada. En los años de la burbuja inmobiliaria, el que más y el que menos se hizo «promotor»: para dar salida a los pingües beneficios de sus otras actividades, para diversificar sus inversiones ante algún que otro susto en el mercado o, puestos a pensar mal, para canalizar algunos paquetes de billetes de quinientos euros (no es coincidencia que florecieran en España, líder europeo en este tema, al mismo tiempo que las promociones inmobiliarias), fáciles de mover en el siempre opaco mundo de las transacciones del ladrillo. Quien se metió a promotor de última hora en plan aficionado y se ha pillado los dedos con una fila de adosados en el desierto que ahora es incapaz de colocar, la verdad es que da poca pena. Y no sorprende que tampoco le de pena a Solbes, que hace unos días abogó por «no impedir artificialmente el necesario ajuste» en la construcción. Es cierto que el empleo ya está sufriendo y precisamente es ahí donde debe aplicarse el Gobierno: en generar alternativas, formación, diálogo social y, sobre todo, el tan ansiado «nuevo modelo económico»... Pero que alguien quiebre por meterse tarde y mal en un negocio es hasta saludable. No se pueden hacer y vender 800.000 viviendas al año indefinidamente. De hecho, los últimos datos indican que ya sobran 650.000 pisos nuevos en España. Si quien los tiene está pillado, que tire de sus plusvalías de otros tiempos. O que venda a un precio razonable. ¿Cuál? Aquel al que encuentre demanda.





